Cuentos clásicos feministas | Ángela Vallvey Arévalo
( 22 ) CUENTOS CLÁSICOS FEMINISTAS «En el planeta virtual de los juegos, las cosas son distintas. Mu- cho mejores», pensaba Caperucita, restregándose los ojos, pues su vista se estaba resintiendo, a pesar de lo joven que era, por pasar tantas horas al cabo del día delante de una pantalla. «Una se preo- cupa menos por todo. Incluso cuando te mueres, sabes que aún te quedan siete u ocho vidas más. Y eso consuela bastante… ¡Viva la realidad… virtual!». A pesar de todo, Caperucita resultaba simpática, pero no tanto como ella creía. Se pasaba el día jugando a cazar vampiros en un videojuego que le había regalado un tío de su madre que vivía muy lejos, casi en el extranjero. Ella tenía un nombre muy bonito, se lo pusieron en cuanto nació, para no confundirla con otra. Creo que se llamaba Estela, aunque no estoy segura. Y tampoco ella recordaba bien cómo se llamaba. Caperucita era su nick . Le gustaba mucho. Empezaron a llamarla Caperucita por la capucha de su sudade- ra, que lucía junto a unos cascos también de color encarnado que usaba cada vez que jugaba largas partidas online con algún camio- nero ruso que se hacía pasar por una dulce adolescente de Moscú. Los cascos eran de color carmesí, como digo. Tan rojos que pa- recía que alguien les había dado una paliza. Caperucita, pues, pasó a ser llamada Caperucita Roja debido a aquella indumentaria que no se quitaba ni de día ni de noche, hasta el punto de que su madre empezaba a pensar si todo aquello no se estaría incrustando contra su cabeza y pronto formaría parte de ella. Como una aleación. La buena mujer tenía miedo de que su hijita adorada se convirtiese en una especie de robot alienígena. —Tranquila, mami —decía la chica, sin inmutarse. Con la mi- rada llena de brillos que parecían dos trocitos de la pantalla de su ordenador—. Tranqui, tía. —¡Yo no soy tu tía! Soy tu madre. Creo…—se quejaba la buena mujer. —Vale, vale. Tomo nota. Mami.
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy MTQwOQ==