Cuentos clásicos feministas | Ángela Vallvey Arévalo

( 33 ) Caperucita dio un respingo y se puso a mirar en la dirección que él estaba indicando. En ese momento, el desconocido aprovechó para quitarle el te- léfono móvil de la cesta donde ella lo había puesto, junto con la tarta y la botella de vino. «Así no podrás llamar a nadie», pensó el hombre, con malicia. —Oye, ¡qué miedo! —exclamó Caperucita—, aunque en reali- dad… yo no veo nada. ¿Seguro que era un lobo? ¿No sería un co- nejo? —Vaya, parece que de nuevo se ha metido en el bosque. Los depredadores son muy cautelosos —explicó el hombre mientras ca- minaba junto a Caperucita. Estaba ideando un plan. Le pareció que no sería difícil engañar a aquella joven desprevenida, vanidosa y despistada.

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