Cuentos clásicos feministas | Ángela Vallvey Arévalo
( 54 ) CUENTOS CLÁSICOS FEMINISTAS premiado, la madre siempre colocaba un cubierto más a la mesa. A la hora de comer, servía los mismos platos a la suerte que a todos los demás miembros de la familia, que eran ella misma, su marido y su hija. Como la suerte no comía mucho, al terminar guardaban su ra- ción y se la repartían más tarde entre los familiares que sí tenían dientes. La niña estaba impresionada con la idea de la suerte, y creía que su madre era poco menos que una mujer mágica. Desde que ganó a la lotería, su padre había dejado de trabajar y se había convertido en una persona tranquila y algo pusilánime; apenas salía de casa y se pasaba el día viendo fútbol por televisión. No le hacía ascos a ninguna liga o campeonato. —Lo bueno del fútbol es que habla un lenguaje universal —de- cía muy serio, con el mando a distancia siempre en la mano. La familia vivía en armonía. Ni una orquesta filarmónica tenía más armonía que ellos. Exceptuando que, de cuando en vez, el pa- dre se quejaba. Miraba a su hija y meneaba la cabeza: —¡Qué poco se parece a mí esta niña! Parece mentira que sea hija mía. Qué poco se parece a mí… Es como si su madre la hubiera hecho ella sola, sin contar conmigo. Por lo demás, todo iba bastante bien. —Las personas buenas siempre tienen suerte —aseguraba la ma- dre, y la niña la miraba con admiración—, y si tú eres buena, la suerte nunca te abandonará. —¿Ni siquiera aunque deje de servirle un plato de comida, como haces tú, todos los días? —No, porque la suerte, además de ser mágica, es justa y sabe lo que hacer. La suerte de la señora era, por tanto, digna de mención, o por lo menos lo fue hasta que, un mal día, paseando por la calle, se des- prendió una teja de una techumbre, le cayó encima y la mató allí mismo.
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy MTQwOQ==