La resurrección. De hombre a Dios | Javier Alonso López

( 14 ) escrito se muestra seca, árida, confusa y cansina para el lector. Y a otros les ocurre lo opuesto; se pasan al bando contrario, como un péndulo desbocado: sus obras son tan triviales que la información ofrecida al público es muy escasa, parca, incomple- ta. Javier Alonso muestra la justa medida entre los dos extremos: pura ciencia y puro divertimento. Me ha divertido mucho leer el libro que el lector tiene entre sus manos. Doy testimonio, sabiendo bien lo que me digo, de que el autor está al día, perfectamente enterado, de lo que concierne a la investigación sobre el tema de la resurrección de Jesús, tanto de la investigación confesional como de la independiente. Es este otro punto que debe tener en cuenta el lector: este libro no es confesional, no pretende conducir a quien lo lee a un engrande- cimiento de su fe. No lo pretende… ni tampoco lo contrario. El autor no es militante; no defiende bando alguno: ni intenta arte- ramente arrebatar la fe de los creyentes, ni procura fortalecerla. Simplemente muestra con objetividad los resultados de la investi- gación crítica del Nuevo Testamento, que es básicamente nuestra única fuente sobre la resurrección de Jesús. ¿Cómo lo hace? Situando al lector, en primer lugar, en el en- torno en el que nace la fe en la resurrección: presenta así una visión breve, amena, didáctica de las creencias en la resurrección que existían en el judaísmo previas al siglo en el que vivió Jesús. Y aquí se llevará una sorpresa el lector, porque caerá en la cuenta de que —aunque Jesús no lo supiera— la creencia en la resu- rrección de los muertos que él defendió con tanto ardor contra los saduceos, según nos indica Marcos 12, era casi un hallazgo reciente en la religión judía. Hacia el 260 a. C. se compuso el libro del Eclesiastés por un autor desconocido, probablemente pretencioso, puesto que atribuyó su obra nada menos que al mis- mísimo Salomón. Ahora bien, este ignoto individuo no tenía aún ninguna idea clara de que pudiera existir el alma como entidad separable del cuerpo, ni de que hubiera otro mundo después de la muerte, ni sospechaba la existencia de un juicio divino, ni que Dios hubiera pensado en retribuir en ese otro mundo las acciones buenas o malas de los seres humanos. Por tanto, tampoco creía en

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