La resurrección. De hombre a Dios | Javier Alonso López

( 17 ) Introducción Jerusalén, viernes 3 de abril del año 33, hora sexta Hacía ya un buen rato que no se escuchaban los gemidos de los crucificados. Los soldados que vigilaban la ejecución en lo alto de la colina conocida como Gólgota soportaban inmóviles el calor del sol que desde hacía más de tres horas martilleaba contra sus cascos. En la distancia, algunos familiares, o simplemente curio- sos, observaban la escena al pie de las murallas de la ciudad, sin poder acercarse más por la presencia de los legionarios. El centurión al mando se pasó la mano por la frente, se secó el sudor, ahuyentó una mosca, miró al cielo y se ajustó el cinturón del que pendía su espada. —Ya no queda mucho para que comience el día sagrado de los judíos. Vayamos terminando. Con un simple gesto de la cabeza en señal de asentimiento, uno de los soldados abandonó su posición y se acercó a una mula en la que estaban cargadas las herramientas. Tomó un mazo y se dirigió a una de las cruces. Separó los pies, sosteniendo el mazo con ambas manos, alzó la vista un instante para ver el rostro del crucificado y descargó un golpe seco contra la pierna derecha del hombre. La tibia crujió como un madero viejo, y lo mismo ocurrió con la pierna izquierda, que recibió otro mazazo pocos segundos después. El crucificado emitió un leve gemido de dolor, pero ya no tenía fuerzas para gritar. En pocos minutos, estaría muerto. El soldado se dirigió luego al pie de otra de las cruces y repi- tió todo el ritual, perfeccionado tras muchos años al servicio de

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