La resurrección. De hombre a Dios | Javier Alonso López
( 18 ) las águilas romanas. Esta vez al condenado le quedaron fuerzas para chillar e incluso maldecir a sus ejecutores, pero a los pocos segundos su voz se fue apagando hasta convertirse en un llanto casi imperceptible. Ya solo quedaba uno, el galileo Yeshua bar Yosef, el más fa- moso de los condenados de aquel día y, quizás por eso, merecedor de un trato especial. Aparte de los tradicionales golpes de flagelo, en las mazmorras del pretorio había recibido una brutal paliza que había hecho temer a los soldados que no llegaría con vida al patíbulo. En la cabeza, una corona de espinas recordaba las burlas que habían hecho los legionarios sobre sus pretensiones de convertirse en rey de Israel. E incluso el mismo Pilato había participado en el escarnio haciendo colocar en lo alto de su cruz un cartel en el que se leía «Jesús Nazareno, rey de los judíos». —¿A qué esperas? —preguntó el centurión. El soldado miró hacia arriba, intentando captar algún indicio de vida en el cuerpo del galileo. —No hace falta que le rompa las piernas. Ya está muerto —respondió el legionario. —Mejor. Así será más rápido. Dile a los judíos que ya pueden encargarse de los cuerpos. Éfeso, marzo del año 54 Delante de su escritorio de la pequeña habitación donde vivía desde hacía casi tres años en Éfeso, Pablo de Tarso se frotó los ojos, agotados por el esfuerzo de fijarse en el texto que estaba escribiendo. Se trataba de una carta muy importante a los fieles de Corinto, una de las ciudades más notables de Grecia, donde unos tres años antes había fundado una floreciente comunidad cristiana. Pero Corinto era un terreno lleno de peligros. La ciu- dad era famosa por su depravación, hasta el punto de que, siglos atrás, Aristófanes había acuñado el verbo corintizar para referirse al relajado estilo de vida de aquellas gentes. Y si uno se ponía a discutir con los corintios, rápidamente salía a relucir su prover-
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