La resurrección. De hombre a Dios | Javier Alonso López

( 26 ) que quedaba constancia escrita en sus libros sagrados. Este pacto era bastante simple en su formulación: los judíos (hijos del «padre» Abraham) tendrían como único dios a Yahvé, y este, a cambio, entregaría a su pueblo una tierra en la que vivirían de acuerdo a las normas dictadas por Yahvé (la Ley de Moisés). Evidentemen- te, los reyes (judíos) que gobernasen al pueblo estaban sometidos también a este pacto. Si el rey era fiel a Yahvé, este premiaba al monarca y a su pueblo, pero si se apartaba del sendero correcto, el castigo recaía sobre todos ellos. Así se interpretaban la desapari- ción del reino de Israel ante los asirios en 722 a. C. y la ruina del de Judá ante Nabucodonosor en 586 a. C., que supuso el horror del destierro en Babilonia. Siempre que estuvieron sometidos a una potencia extranjera, la sumisión o rebeldía de los judíos frente a los invasores de- pendió de la actitud que los extranjeros adoptasen respecto a su religión. Cuando se les permitió vivir de acuerdo a sus normas y leyes dictadas por Moisés, los extranjeros (por ejemplo, los persas en el siglo v a. C.) encontraron poca o ninguna oposición. Cuan- do, por el contrario, se les impidió o prohibió la práctica de la religión de Moisés (por ejemplo, los babilonios en el siglo vi a. C.), el conflicto resultó inevitable. Los judíos vivieron sucesivamente bajo los imperios asirio (siglo viii-586 a. C.), babilonio (586-538 a. C.), persa (538-323 a. C.), macedonio (332-323 a. C.), helenístico, tanto ptolemaico como seléucida * (323-164 a. C.) y, por fin, romano, bien fuese bajo la égida de un rex socius de Roma como Herodes el Grande y sus hijos, bien directamente bajo un procurador romano (desde el 63 a. C. en adelante). El único período de independencia del que disfrutaron los judíos (164-63 a. C.) fue el fruto de una rebelión liderada por * Se denomina helenismo a la fusión de la cultura griega y la de los pueblos orienta- les conquistados por Alejandro Magno entre 334 y 323 a. C. Después de su muerte, su vasto imperio se dividió entre sus generales, que dieron sus nombres a sus respec- tivos reinos. Ptolomeo y sus sucesores heredaron Egipto, mientras que Seleuco y los suyos reinaron sobre un territorio que incluía las actuales Siria, Líbano, Armenia, Iraq, Irán, Afganistán y partes de Turquía y Pakistán.

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