La resurrección. De hombre a Dios | Javier Alonso López

( 56 ) sus creencias y sus modos de vida y se empapaban a su vez de los de sus vecinos. En tiempos de Jesús de Nazaret, Judea llevaba tres siglos so- metida a la influencia de la cultura griega, primero por la vía mili- tar y política con la conquista de Alejandro Magno y el posterior dominio de los reinos ptolemaico y seléucida sobre la región, y posteriormente también con la creación de ciudades enteras po- bladas por gentes de cultura griega y territorios en los que los no judíos eran mayoría. El ejemplo más claro era la llamada Decápolis , un conjunto de diez ciudades situadas en los territorios de los actuales Israel y Jordania. Quizás las dos más famosas sean Filadelfia, actual Am- mán, capital de Jordania, y Gadara, en la actualidad un montón de ruinas divididas en dos yacimientos, Hammat Gader en Israel y Umm Qais en Jordania. Esta ciudad aparece en un episodio de los evangelios en el que Jesús expulsa a los demonios que viven dentro de un gadareno y los hace introducirse en los cuerpos de unos cerdos que, a continuación, se precipitan por un barranco. A pesar de este episodio aislado, llama la atención que, durante toda su predicación, Jesús evita sistemáticamente entrar en estos territorios donde los no judíos eran mayoría. Además de este sustrato de población de cultura griega en territorio judío, el griego se había convertido en la lengua de in- tercambio internacional, y la oficial en las administraciones de los gobiernos, trayendo consigo no solo la gramática, sino además conceptos, ideas y esquemas mentales propios de la cultura griega y helenística. Lo dicho hasta ahora sobre los griegos se aplica también para los romanos, a partir del siglo primero antes de nuestra era que trajeron consigo no solo sus legiones, sino sus modos de vida y sus propios esquemas mentales, en ocasiones bastante parecidos a los griegos. Por todo ello, resulta lógico echar un vistazo a qué pensaban los griegos y romanos sobre la resurrección, pues ambas culturas son dos de las «ranas» más activas a la hora de influir en la for- mación de las creencias y los dogmas del cristianismo primitivo.

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